Agnes Grey
Agnes Grey Estuve a punto de dar a la señora una ligera idea sobre lo equivocado de sus expectativas, pero, tan pronto como terminó su discurso, salió de la habitación con paso majestuoso. Dicho lo que tenía que decir, esperar una respuesta no formaba parte de su plan: mi misión era oír y callar.
No obstante, como ya he dicho, Matilda acabó cediendo, en cierta medida, a la autoridad de su madre (¡qué pena que no la ejerciera antes!) y, viéndose privada así de casi todas sus fuentes de diversión, lo único que le quedaba era salir a montar a caballo, acompañada por su mozo de cuadra, dar largos paseos con su institutriz y visitar las casas de los jornaleros que trabajaban en la finca de su padre, con cuya conversación mataba un poco el tiempo.
Fue en uno de estos paseos cuando tuvimos la oportunidad de encontrarnos con el señor Weston. Siendo esto lo que había anhelado tanto tiempo, por un momento deseé que alguno de los dos fuese invisible o estuviese lejos de allí. El corazón me latía con tal fuerza que temí que mi rostro revelara algún signo de emoción; pero él apenas me miró, y pronto recobré la calma.
Tras un breve saludo dirigido a las dos, el señor Weston preguntó a Matilda si había tenido noticias de su hermana.
—Sí —contestó ella—. Me escribió desde París. Dice que está muy bien y muy contenta.