Agnes Grey
Agnes Grey Le di las gracias por sus «consideraciones» y corrà a mi habitación a hacer algunos preparativos para mi viaje. Después de ponerme el sombrero y el chal, y de meter a toda prisa alguna ropa en mi baúl más grande, volvà a bajar; aunque podÃa haberme tomado aquel trabajo con más calma, porque, aparte de mÃ, nadie más parecÃa tener prisa, y tuve que esperar largo rato al faetón.
Finalmente llegó y emprendimos la marcha. Pero ¡qué viaje tan terrible fue aquél! ¡Qué distinto de todos los que habÃa hecho hasta entonces!
Llegué tarde para coger la última diligencia a…; tuve que alquilar un cabriolé para recorrer una distancia de diez millas y luego un carro para cruzar las escabrosas colinas. Eran las diez y media cuando llegué a mi casa. No estaban acostados.
Mi madre y mi hermana salieron a recibirme al pasillo, tristes, silenciosas, pálidas. Sentà tal impresión y miedo que no acerté a preguntar lo que tanto deseaba y temÃa saber.
—Agnes —dijo mi madre, luchando por contener su fuerte emoción.
—¡Oh, Agnes! —exclamó mi hermana, estallando en lágrimas.
—¿Cómo está? —pregunté angustiada.
—¡Muerto!