Agnes Grey
Agnes Grey —No, Mary —dijo—; lo que el señor Richardson y tú podáis ahorrar debéis guardarlo para vuestra familia. Agnes y yo debemos ganarnos nuestro propio sustento. Gracias a que tuve dos hijas que educar, no he olvidado lo que tuve que aprender para sacarlas adelante. Con la ayuda de Dios me sobrepondré a este golpe —dijo, mientras, a pesar de sus esfuerzos por reprimirlas, las lágrimas le corrÃan por las mejillas. Pero se las enjugó y, recobrando su aplomo, continuó—: Me sobrepondré y buscaré una casa pequeña en algún lugar populoso y floreciente, donde podamos encargarnos de la educación de algunas señoritas, en régimen de pensión, si es posible, y del mayor número de alumnas externas que podamos atender. Estoy segura de que los amigos y parientes de vuestro padre nos enviarán alumnas o nos recomendarán a sus conocidos. No tendré que recurrir a mi familia. ¿Qué te parece, Agnes? ¿EstarÃas dispuesta a dejar tu actual empleo y probar suerte?
—Claro que sÃ, mamá —contesté—. Con el dinero que tengo ahorrado podremos amueblar la casa. Lo sacaré del banco inmediatamente.
—Solo cuando sea necesario. Primero tenemos que encontrar la casa y hacer todos los preparativos.