Agnes Grey
Agnes Grey Indignada conmigo misma, creía que mi deber era dejarla a un lado y castigarme hasta volver a ser digna del honor y el privilegio de leerla. Pero ahí estaba mi madre, deseando que la acabara para conocer su contenido; de forma que la leía y se la pasaba a ella, yendo después a la clase a atender a mis alumnas; aunque en medio de los dictados y las sumas, mientras corregía errores y enmendaba faltas de atención, me trataba a mí misma con una severidad mucho mayor.
«¡Qué tonta eres! —le decía mi cabeza a mi corazón, o mi yo más severo a mi yo más vulnerable—. ¿Cómo puedes pensar que va a escribirte? ¿En qué te basas para creer que puede venir a verte, que se va a tomar alguna molestia, o siquiera que piensa en ti?».
«¿En qué te basas…?» y, entonces, la Esperanza me recordaba esas palabras de nuestro último encuentro que yo atesoraba fielmente en mi memoria.