Agnes Grey
Agnes Grey ¿Y qué? ¿Quién colgó alguna vez sus esperanzas sobre una ramita tan frágil? ¿Qué había en esas palabras que no le hubiera podido decir una persona a otra cualquiera? Naturalmente que era posible que se produjera un nuevo encuentro. Podría habérselo dicho a una persona que se iba a vivir a Nueva Zelanda… aquello no implicaba que tuviese, realmente, la intención de verme de nuevo. Por otra parte, esa segunda frase… cualquiera podía decir algo parecido. ¿Y qué había respondido yo? Había contestado con una frase estúpida y vulgar, una frase que podía haber dirigido al señor Murray o a cualquier persona con la que hubiese tenido un mínimo trato.
«Pero —insistía la Esperanza— el tono y la forma en la que habló… ¡Qué tontería! Él siempre habla de forma inexpresiva; además, en aquel momento las señoritas Green y Matilda estaban justo delante de nosotros, otra gente pasaba por allí, y no tuvo más remedio que acercarse y hablar en voz baja; algo natural, aunque no estuviese diciendo nada extraordinario».
Pero, por encima de todo, recordaba aquella forma significativa y dulce con la que apretó mi mano, y que parecía decir: «Confía en mí». Y otras muchas cosas, demasiado deliciosas y quizá presuntuosas para ser repetidas, incluso a una misma.