Agnes Grey

Agnes Grey

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Pero no podía morir y dejar a mi madre sola. ¡En qué hija tan egoísta e indigna me había convertido! ¡Cómo podía haberme olvidado de ella ni por un momento! ¿No había ella convertido en gran medida su felicidad en cuidar de mí y en procurar el bienestar de nuestras alumnas? ¿Iba a retroceder ante la tarea que Dios me había encomendado solo porque prefería otra cosa? ¿No sabía Él, mejor que yo, lo que debía hacer y dónde debía estar? ¿Era lícito desear abandonar esa tarea sin haberla cumplido y esperar que me dejara entrar en Su Reino sin haber trabajado para ganarlo? «No, con Su ayuda me sobrepondré y cumpliré diligentemente con mi deber. Si la felicidad de este mundo no es para mí, me esforzaré por procurar el bien de los que me rodean, y mi recompensa vendrá más tarde».

Eso fue lo que me dije en lo más hondo, y desde ese momento solo en raras ocasiones permití que mis pensamientos volaran hacia Edward Weston. Y fuese porque el verano se aproximaba, por mi resolución o por el paso del tiempo, o por todas estas cosas, lo cierto es que muy pronto recobré la tranquilidad de espíritu, y sentí cómo, lenta pero firmemente, regresaban a mí la salud y el vigor perdidos.



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