Agnes Grey

Agnes Grey

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—Agnes, me parece que este aire de mar y el cambio de ambiente no te han hecho ningún bien. Nunca te había visto tan apagada. Debe de ser que pasas demasiado tiempo sentada y que te preocupas demasiado del trabajo de la escuela. Tienes que aprender a tomarte las cosas con más calma, a estar más activa y alegre. Deberías hacer un poco de ejercicio y dejarme a mí las tareas más pesadas. A mí no me viene mal un poco más de disciplina.

Esto me dijo mi madre, una mañana en la que nos sentamos a trabajar juntas durante las fiestas de Pascua. Le aseguré que mi trabajo no era en absoluto excesivo, que me encontraba bien y que, si acaso estaba algo cansada, cuando pasaran los difíciles meses de la primavera volvería a verme tan fuerte y animosa como ella deseaba.

Pero debo confesar que su comentario me dejó preocupada. Sabía que las fuerzas me flaqueaban, que mi apetito había decaído y que me estaba volviendo indiferente y apática. Pensaba que si realmente él no se preocupaba por mí, si no podía volver a verle, si me estaba prohibido procurar su felicidad, y prohibidos los placeres del amor —bendecir y ser bendecida—, la vida me resultaría una carga. Y que cuando Dios Padre quisiera llamarme me sentiría feliz de ir a su encuentro.


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