Agnes Grey
Agnes Grey —Me parece un hombre muy respetable. Pero ya le verás mañana. Es el nuevo vicario de F.; lleva aquà solo unas semanas, supongo que no tiene amigos todavÃa y que le agrada la idea de charlar un poquito con alguien.
El dÃa siguiente llegó. ¡En qué estado de febril ansiedad y expectación estuve desde el desayuno hasta el mediodÃa, en que hizo su aparición!
Después de presentarle a mi madre, me retiré con mi labor a la ventana y me senté a esperar el resultado de la entrevista.
Dieron muestras de entenderse muy bien, para mi enorme satisfacción, porque me importaba muchÃsimo lo que mi madre pensara de él. No se quedó mucho tiempo en aquella ocasión, pero cuando se levantó para marcharse, ella dijo que le gustarÃa volver a recibir una visita suya; y, cuando se fue, me llenó de alegrÃa oÃrle decir:
—Bueno, Agnes, creo que es un hombre muy sensato. Pero —añadió— ¿por qué te has quedado sentada ahà detrás y has hablado tan poco?
—Porque tú hablas tan bien, mamá, que no creà que necesitaras mi ayuda. Además, él habÃa venido a verte a ti y no a mÃ.