Agnes Grey

Agnes Grey

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Después de aquella visita, vino a menudo a la casa… varias veces en el curso de una semana. En la conversación, casi siempre se dirigía a mi madre, lo cual no era de extrañar, porque ella era una magnífica conversadora. Casi la envidiaba por el sencillo y vigoroso fluir de su conversación y por el extraordinario sentido que tenía todo lo que decía… pero eso nunca llegaba a suceder, porque, a pesar de que me hacía recordar mis deficiencias en ese sentido, estar sentada entre las dos personas que más amaba y respetaba en el mundo y escucharlas hablar tan afectuosa e inteligentemente me procuraba un enorme placer.

No obstante, yo no estaba siempre callada, ni se olvidaban de mí. Me sentía objeto de la atención deseada, y no faltaban las palabras amables ni las miradas de afecto, igual que un sinfín de atenciones demasiado sutiles para expresarlas con palabras y, por tanto, indescriptibles, pero que yo agradecía desde lo más hondo del corazón.

El trato ceremonioso desapareció pronto entre nosotros. El señor Weston se convirtió en un invitado al que se esperaba y era siempre bienvenido, que jamás entorpecía los quehaceres de la casa. Me llamaba incluso «Agnes». La primera vez que pronunció este nombre lo hizo con timidez, pero luego, viendo que no ofendía a nadie, pareció preferirlo al frío «señorita Grey», igual que yo.


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