Agnes Grey
Agnes Grey ¡Qué tediosos y sombrÃos eran los dÃas en que no venÃa! Sin embargo, no puedo decir que fueran tristes, pues contaba para animarme con el recuerdo de su última visita y la esperanza de la siguiente. Pero cuando pasaban dos o tres dÃas sin verle, me sentÃa muy nerviosa —por supuesto sin razón, pues era obvio que él tenÃa que atender los asuntos de su parroquia— y temÃa el final de mis vacaciones. TemÃa que con el comienzo de mis obligaciones no pudiera verle algunas veces, igual que la idea de… si mi madre estaba en una de sus clases… yo me verÃa obligada a estar con él a solas… algo que me asustaba… en la casa; aunque encontrarle fuera de ella y pasear a su lado no habÃa sido ni mucho menos desagradable.
Una tarde, durante la última semana de vacaciones, llegó inesperadamente, pues la fuerte tormenta que se desató a primera hora me habÃa hecho temer que no le verÃa. En aquel momento, sin embargo, la tormenta habÃa cesado y brillaba el sol.
—¡Qué hermosa tarde, señora Grey! —dijo, al entrar—. Agnes, me gustarÃa que me acompañase a… (nombró un lugar de la costa: una colina escarpada hacia el interior y proyectada hacia el mar en forma de precipicio, desde cuya cima se divisaba una vista gloriosa). La lluvia se ha llevado el polvo y ha refrescado y limpiado el aire. La vista será magnÃfica. ¿Vendrá?
—¿Puedo ir, mamá?