Agnes Grey
Agnes Grey —Claro que sÃ.
Fui a arreglarme un poco y bajé a los pocos minutos; aunque, naturalmente, me entretuve con mi tocado un poco más de lo que hubiera hecho de estarme preparando para ir sola de compras.
La tormenta habÃa tenido un efecto maravilloso sobre el tiempo y la tarde era deliciosa. El señor Weston quiso que le cogiera del brazo. Habló muy poco mientras cruzábamos las concurridas calles de la ciudad, y caminó muy deprisa, serio y pensativo.
Me preguntaba por el motivo de aquel silencio y sentÃa un miedo infinito de que estuviera pensando algo desagradable. Mis vagas conjeturas me turbaban no poco, y hacÃan que también yo me mostrase seria y silenciosa. Pero estas fantasÃas se desvanecieron al llegar a las afueras de la ciudad, pues tan pronto tuvimos a la vista la venerable iglesia y la colina de…, tras la cual se veÃa el mar azul, mi acompañante volvió a mostrarse muy alegre.
—Me temo que he andado demasiado deprisa para usted, Agnes —me dijo—. TenÃa tantos deseos de salir de la ciudad, que olvidé preguntarle si caminaba con comodidad; pero ahora caminaremos todo lo despacio que quiera. Aquellas nubes claras del oeste indican que tendremos una puesta de sol magnÃfica, y, si marchamos a paso tranquilo, llegaremos a punto de contemplar su efecto sobre el mar.