Agnes Grey
Agnes Grey HabÃamos llegado más o menos a la mitad de la colina, cuando volvimos a quedarnos en silencio; un silencio que, de nuevo, él fue el primero en romper.
—Mi casa sigue siendo un lugar bastante triste, señorita Grey —comentó sonriendo—, y eso que he conocido a todas las mujeres de mi parroquia, y también a otras de esta ciudad, aparte de muchas que conozco de vista o de referencias; pero ninguna podrÃa ser mi compañera… la verdad es que solo hay una persona en el mundo que podrÃa ocupar ese puesto, y esa persona es usted. Me gustarÃa conocer su decisión.
—¿Lo dice en serio, señor Weston?
—¡En serio! ¿Cómo puede creer que podrÃa bromear en un asunto como éste?
Puso una de sus manos sobre la mÃa, que descansaba en su brazo. Debió sentirla temblar… pero ya no importaba.
—ConfÃo en no haberme precipitado —dijo, en tono serio—. Habrá advertido que no está en mi carácter prodigar lisonjas o decir tonterÃas… ni siquiera expresar la admiración que siento. Quisiera creer que una sola palabra mÃa o una mirada hayan significado más que las dulces frases y fervientes quejas amorosas de la mayorÃa de los hombres.
Murmuré que no querÃa dejar sola a mi madre, ni hacer nada sin su consentimiento.