Agnes Grey
Agnes Grey —¡Dejad esa agua! Señorita Grey —dijo—, porque supongo que es usted la señorita Grey. Me sorprende que les permita que se ensucien la ropa de esa manera. ¿Es que no ha visto cómo la señorita Bloomfield se ha manchado la falda y lo mojados que están los calcetines del señorito Bloomfield? ¡Y los dos sin guantes! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Le ruego que en el futuro al menos los mantenga limpios! —Y diciendo esto, se dio la vuelta y continuó su camino hacia la casa. Era el señor Bloomfield. Me pareció sorprendente que llamase a sus hijos señorito y señorita Bloomfield, más aún que se dirigiera con aquella descortesÃa hacia mÃ, su institutriz y una perfecta desconocida. Poco después, sonó la campana que nos llamaba a la casa. Comà con los niños a la una, mientras él y su esposa se sentaban a la misma mesa. Su conducta entonces tampoco aumentó mi estima hacia él. Era un hombre de mediana estatura, más bajo que alto y más delgado que robusto. TendrÃa entre treinta y cuarenta años: boca grande, piel pálida y grisácea, ojos azul claro y pelo castaño. TenÃa delante de él una pierna de carnero asada. Sirvió a su esposa, a los niños y a mÃ, y me pidió que cortara la carne de los niños. Después, tras dar vuelta al carnero en todas direcciones y observarlo desde distintos ángulos, declaró que no era comestible y pidió que trajeran la carne frÃa.