Agnes Grey
Agnes Grey Tuve que correr, caminar y pararme conforme a su capricho. Me pareció que aquello era invertir el orden de las cosas y me desagradó —en esa y en sucesivas ocasiones— comprobar que parecÃan preferir los sitios más sucios y las ocupaciones más deprimentes. Pero no habÃa otro remedio: o los seguÃa o me mantenÃa completamente al margen de ellos, con lo cual podÃa dar la impresión de que desatendÃa mis responsabilidades. Aquel dÃa se mostraron particularmente atraÃdos por un pozo que estaba en el extremo del jardÃn y al cual se empeñaron en lanzar palos y guijarros durante más de media hora. TemÃa constantemente que su madre los viera desde la ventana, me culpara de permitirles que se ensuciaran la ropa y se mojaran los pies y las manos en vez de hacer ejercicio; pero ni mis palabras, ni mis órdenes o mis súplicas conseguÃan apartarlos de allÃ. Si ella no los vio, alguien sà lo hizo. Un caballero habÃa traspasado la verja a caballo y subÃa el camino. Cuando estaba a unos pasos de distancia de nosotros se detuvo y, llamando a los niños en un tono duro y penetrante, les ordenó: