Agnes Grey
Agnes Grey Ignorando el lamentable estado del buey, el caballero consiguió cortar algunas lonchas finas que comió en silencio. Cuando volvió a hablar fue para preguntar, en un tono algo más que displicente, qué habÃa para cenar.
—Pavo y urogallo —fue la breve respuesta.
—¿Y qué más?
—Pescado.
—¿Qué clase de pescado?
—No lo sé.
—¿Que no lo sabe? —exclamó él, levantando la vista solemnemente del plato y dejando, asombrado, el tenedor y el cuchillo en suspenso.
—No. Le dije a la cocinera que comprara pescado, pero no especifiqué cuál.
—¡Esto es el colmo! ¡Una señora dice llevar una casa y ni siquiera sabe qué pescado se va a tomar por la noche! ¡Dice que ha encargado pescado y no especifica cuál!
—Quizá el señor Bloomfield prefiera ordenar la cena él mismo de aquà en adelante.
No hubo más conversación, y me sentà contenta de salir de la habitación con mis alumnos; nunca me habÃa sentido más avergonzada e incómoda por algo ajeno a mi responsabilidad.