Agnes Grey
Agnes Grey Mi tarea de instrucción y vigilancia, en vez de resultarme cada vez más fácil, a medida que mis alumnos y yo nos acostumbrábamos unos a otros, se hacÃa más difÃcil según se revelaba el carácter de éstos. Pronto me di cuenta de que el tÃtulo de institutriz, aplicado a mÃ, no era sino una burla; mis alumnos no tenÃan más sentido de la obediencia que un potro salvaje. El temor habitual que mostraban ante el temperamento irritable de su padre y el miedo a los castigos que acostumbraba a imponerles cuando estaba de mal humor hacÃan que se comportasen bien en su presencia. También las niñas parecÃan temer la ira de su madre y, de vez en cuando, ésta chantajeaba al niño para que hiciese lo que le pedÃa con la esperanza de una recompensa; pero yo no tenÃa recompensas que ofrecer y, en cuanto a los castigos, según me dieron a entender, éstos eran un privilegio exclusivo de los padres, a pesar de que esperaban que mantuviera en orden a mis alumnos. Otros niños podÃan obedecer por temor a un castigo o por deseo de aprobación. Ni lo uno ni lo otro surtÃan el menor efecto en los que tenÃa a mi cargo.