Agnes Grey

Agnes Grey

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A veces, en ocasiones como aquélla, el pensamiento que me venía a la cabeza: «¡Si me vieran ahora!» —naturalmente refiriéndome a mi familia— y la idea de lo mucho que se compadecerían de mí hacía que me compadeciese de mí misma… tanto que debía hacer esfuerzos sobrehumanos por contener las lágrimas. Pero las contenía, hasta que mis pequeños verdugos se iban a tomar el postre o a la cama (mis únicos momentos de libertad) y, en aquella deseada soledad, me permitía el lujo de llorar a mi antojo. Era ésta, sin embargo, una debilidad que no me permitía a menudo: tenía demasiadas cosas que hacer y mis momentos de ocio eran demasiado preciosos para ocuparlos en lamentaciones inútiles.

Recuerdo en particular una nevosa y desapacible tarde de enero, poco después de mi regreso: todos los niños habían subido a la habitación después de comer, declarando a voces que tenían la intención «de ser malos», ¡y qué bien llevaron a término su resolución, aunque yo me quedase ronca y esforzara en vano cada músculo de mi garganta para hacerlos entrar en razón!

Tenía a Tom acorralado en una esquina y le dije que no saldría de allí hasta que no hubiese hecho sus deberes. Mientras tanto, Fanny se había apoderado de mi bolsa de la costura, revolvía su contenido y, para colmo, escupía en su interior. Le dije que se estuviese quieta, pero, por supuesto, sin ningún resultado.


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