Agnes Grey
Agnes Grey Hasta entonces, aunque me había dado cuenta de que la anciana señora tenía sus defectos (de los cuales uno de ellos era su tendencia a proclamar sus perfecciones), me había sentido siempre inclinada a disculparlos, a dar crédito a todas las virtudes que decía poseer y a imaginar otras sobre las que aún no se había manifestado. La amabilidad, que había sido el alimento de mi vida a lo largo de tantos años, me había sido negada de forma tan absoluta en los últimos tiempos que había aceptado llena de alegría el menor signo de parecido con ella. No es de extrañar, por tanto, que sintiera afecto por la anciana, que me alegrara de estar cerca de ella y que lamentara su marcha.
Ahora, sin embargo, las pocas palabras que, por fortuna o por desgracia, escuché al pasar dieron un vuelco absoluto a la idea que tenía de ella; me pareció entonces hipócrita y mentirosa, una aduladora que espiaba mis palabras y mis actos. Sin duda, me habría convenido mostrarle la misma sonrisa alegre y el tono de respetuosa cordialidad de antes, pero me fue imposible; mis sentimientos alteraron mi comportamiento y éste se volvió tan frío y cohibido que ella no podía dejar de percibirlo.