Agnes Grey
Agnes Grey —¡Dios del cielo…! ¡En toda mi vida…! ¡Va a conseguir matarlos, tan cierto como…! ¿Crees, querida, que es la persona apropiada? Te aseguro que…
No escuché nada más, pero fue suficiente.
La anciana señora Bloomfield habÃa sido muy atenta y educada conmigo y, hasta entonces, la habÃa tenido por una viejecita amable y de buen corazón. A menudo se habÃa dirigido a mà y me habÃa hablado de forma entrañable, moviendo afirmativa y negativamente la cabeza, y gesticulando con manos y ojos, como es frecuente en algunas personas de edad, aunque nunca habÃa visto a alguien en quien esta peculiaridad estuviese tan desarrollada. Se habÃa mostrado comprensiva conmigo por los problemas que tenÃa con los niños, llegando incluso a expresar, con frases a medio acabar, acompañadas de gestos y guiños significativos, que era consciente de que, al restringir de aquella forma mi poder y no apoyarlo con su autoridad, la actitud de su mamá era poco juiciosa.
Aquella forma de mostrar su desaprobación no era demasiado de mi gusto, y por lo general procuraba no darme por aludida, ni daba muestras de entender más de lo que ella decÃa abiertamente, limitándome a reconocer implÃcitamente que, si las cosas hubiesen sido de otra forma, mi tarea habrÃa sido menos difÃcil y habrÃa estado en mejores condiciones para guiar e instruir a mis alumnos. De ahora en adelante debÃa ser doblemente precavida.