Agnes Grey
Agnes Grey —¡Señorita Grey! Pero ¿es posible? ¿En qué demonios está pensando?
—No puedo hacerlos entrar, señor —dije, dándome la vuelta para encontrarme al señor Bloomfield, con el pelo de punta y sus claros ojos azules desorbitados.
—¡Insisto en que los haga entrar! —gritó, acercándose aún más, con una expresión completamente feroz.
—Entonces, señor, tendrá que llamarlos usted mismo, si me hace el favor, pues a mà no me hacen ningún caso —repliqué dando un paso atrás.
—¡Venid aquÃ, sucios mocosos, si no queréis que os dé con la fusta uno a uno! —rugió, y los niños obedecieron de inmediato.
—¿Ve usted? ¡Han venido a la primera!
—SÃ, cuando es usted quien los llama.
—¡Resulta muy extraño que usted, que se supone que está encargada de su cuidado, no tenga el mismo control sobre ellos! ¡Ya no hay nada que hacer! ¡Ahà suben por las escaleras hasta arriba de nieve! Vaya y haga que se adecenten, ¡Dios bendito!
La madre de aquel caballero pasaba una temporada en la casa, y mientras subÃa las escaleras y pasaba junto a la puerta de la sala, tuve la satisfacción de escuchar los comentarios que la anciana señora hacÃa en voz bien audible a su nuera sobre el incidente (solo pude distinguir las palabras más enfáticas):