Agnes Grey
Agnes Grey En su siguiente visita a la mansión de Wellwood me atreví a decir que me alegraba mucho verla con tan buen aspecto. Aquello tuvo un efecto mágico: mis palabras, que no pretendían ser sino un comentario de cortesía, fueron recibidas como un cumplido halagador; se le iluminó la cara y, desde aquel momento, se mostró simpatiquísima y atenta conmigo, al menos exteriormente. Por lo que los niños decían y por lo que yo misma veía, me daba cuenta de que lo único que tenía que hacer para ganar su amistad era pronunciar una palabra lisonjera en el momento oportuno; pero aquello iba en contra de mis principios y, al abstenerme de hacer tal cosa, la caprichosa dama volvió a privarme de su favor enseguida, y creo que intrigaba en contra de mí a mis espaldas.
No podía ejercer demasiada influencia negativa sobre su nuera con respecto a mí, porque entre la señora y ella misma existía una mutua antipatía, de la cual la primera daba muestras con calumnias y maledicencias que pronunciaba en secreto, y la segunda con un exceso de helada formalidad, sin que ninguna frase lisonjera de la mayor pudiese romper el muro de hielo que la más joven había interpuesto entre las dos.