Agnes Grey
Agnes Grey Con su hijo, sin embargo, la anciana señora había tenido más éxito. Éste prestaba atención a todo lo que ella decía, siempre y cuando la madre fuese capaz de calmar el irritable carácter del hijo y de evitar que se enfadara por las propias asperezas del suyo. Creo que no me faltan motivos para pensar que consiguió aumentar los prejuicios de éste en mi contra. Debía de decirle que yo descuidaba absolutamente a los niños, y que incluso su esposa no les prestaba la atención necesaria; que él mismo debía velar por ellos o que se echarían a perder.
Alertado de esta forma, él se tomaba a menudo la molestia de mirarlos por la ventana cuando jugaban; en ocasiones les seguía por el jardín, y demasiadas veces aparecía de repente cuando éstos se salpicaban con el agua del pozo prohibido, hablaban con el cochero en los establos o se revolcaban en la suciedad del corral, mientras yo permanecía junto a ellos, como una estúpida, después de haber agotado mis fuerzas en vanos intentos por alejarlos de allí.