Agnes Grey
Agnes Grey Y una vez explicado el asunto, todo lo que hizo fue llamar a una de las niñeras para que pusiera la habitación en orden y trajese la comida del señorito Tom.
—¡Y ahora qué! —exclamó Tom en tono triunfante, levantando la cabeza del plato con la boca tan llena que casi no podÃa hablar—. ¡Y ahora qué, señorita Grey! Estoy comiendo y no he recogido ni una sola cosa.
La única persona en la casa que sentÃa una verdadera simpatÃa por mà era la niñera, ya que también ella habÃa sufrido humillaciones parecidas, si bien en mucho menor grado, pues no tenÃa que dar clases ni era responsable de la conducta de sus pupilos.
—¡Ay, señorita Grey! —me decÃa—, ¡cuántos problemas debe usted tener con esos niños!
—Sà que los tengo, Betty, y me atreverÃa a decir que los conoce tan bien como yo.
—¡Claro que sÃ! Pero yo no tengo que lidiar con ellos como usted. A veces les doy un cachete. De tanto en tanto les doy una buena tunda… Y es que, como vulgarmente se dice, son un caso sin remedio. La cuestión es que he perdido mi empleo.
—¿Cómo es eso, Betty? He oÃdo que se va usted.