La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall MÁS ALLÁ DEL LÍMITE
10 de octubre. — El señor Huntingdon regresó hace unas tres semanas. No me molestaré en describir su aspecto, su conducta, su conversación y mis sentimientos con respecto a él. Sin embargo, al día siguiente de su llegada, me sorprendió anunciándome su intención de procurarle una institutriz al pequeño Arthur; le dije que era absolutamente innecesario, por no decir ridículo, de momento: yo creía que era plenamente competente para la tarea de enseñarle, en los próximos años, por lo menos. La educación del niño era el único placer y la única ocupación de mi vida y, puesto que él me había apartado de todas las demás, estaba segura de que no le costaría ningún trabajo dejar ésta en mis manos.
Me dijo que yo no era la persona adecuada para enseñar a los niños o estar con ellos: ya había reducido al pequeño a poco menos que un autómata, había estropeado su excelente predisposición con mi rígida severidad; y acabaría haciendo desaparecer toda la alegría de su corazón, convirtiéndole en un niño tan ascético y sombrío como yo misma, si seguía teniéndolo a mi cargo mucho más tiempo. La pobre Rachel fue también víctima de sus abusos verbales, como de costumbre; no puede soportar a Rachel porque sabe que ella tiene una opinión acertada de él.
