La inquilina de Wildfell Hall
La inquilina de Wildfell Hall CONCLUSIÓN
Estaba así, absorto en mis tristes ensoñaciones, cuando un carruaje apareció por una curva del camino. No me fijé en él y si hubiera pasado sin más, no habría recordado ahora su aparición en absoluto; pero una voz menuda me sobresaltó al exclamar:
—¡Mamá, mamá, ahí está el señor Markham!
No oí la contestación, pero inmediatamente después la misma voz respondió:
—Sí, es él, de verdad. Míralo.
Yo no alcé la vista, pero supongo que su madre me miró, porque una voz clara, melodiosa, cuyo timbre me hizo estremecer, exclamó:
—Oh, tía, ahí está el señor Markham… ¡El amigo de Arthur! ¡Pare, Richard!
