Jane Eyre
Jane Eyre Y ahí me quedé, a la vista de todas. Yo, que había jurado que no podría soportar la vergüenza de ser castigada de pie en el centro de la clase, me veía expuesta a las miradas de todo el mundo desde un infamante pedestal. No hay palabras que puedan describir cuáles fueron mis sensaciones, pero justo en el momento en que se formaba en mi garganta un nudo que me impedía respirar, alguien pasó por delante de mí y, al hacerlo, alzó los ojos. ¡Qué intensa luz desprendían! ¡Qué extraordinario consuelo significó para mí! Sentí que me invadía una fuerza inmensa, como si un héroe o un mártir me la hubiera contagiado al pasar. Controlé mi creciente histerismo, levanté la cabeza y permanecí firmemente erguida sobre el taburete. Helen Burns hizo una pregunta trivial a la señorita Smith, quien se molestó por la falta de trascendencia de la duda, antes de volver a su sitio y sonreírme tal y como había hecho en su camino de ida. ¡Recuerdo esa sonrisa! Expresaba inteligencia y auténtico valor; iluminaba sus marcados rasgos, su rostro macilento y sus hundidos ojos grises, hasta conferirle el aspecto de un ángel. Y, sin embargo, en ese momento, Helen Burns llevaba pegada al brazo la banda que distinguía a las «alumnas desordenadas»; había oído cómo la señorita Scatcherd la había castigado a comer solo pan y agua por haber emborronado de tinta uno de los ejercicios que escribía. ¡Así de imperfecta es la naturaleza humana! Hasta los mejores planetas presentan manchas, pero los ojos de la señorita Scatcherd solo podían advertir esos defectos menores y estaban ciegos al brillo de su órbita.