Jane Eyre

Jane Eyre

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Dediqué un largo rato a examinar el documento. El estilo de la escritura era anticuado y bastante confuso, como si correspondiera a una señora mayor. Este hecho me resultaba satisfactorio: me había atenazado el temor de acabar envuelta en algún lío ahora que me decidía a actuar por mi cuenta y riesgo. Sobre todas las cosas, deseaba que el resultado de mis esfuerzos fuera respetable, adecuado, en règle, y me daba la impresión de que una dama de avanzada edad confería una cierta dignidad al asunto que me traía entre manos. ¡La señora Fairfax! El nombre suscitaba la imagen de una dama vestida de negro, con velo de viuda; de aire distante, tal vez, pero no antipático: el modelo de respetabilidad inglesa. ¡Thornfield! Sin duda era el nombre de una casa: un lugar limpio y ordenado, de eso estaba segura, aunque no lograba diseñar un plan correcto acorde a esas premisas. Millcote, condado de…: me esforcé por recordar el mapa de Inglaterra. Sí, ahí estaba, unos cien kilómetros más cerca de Londres que este remoto lugar en el que me encontraba. Eso ya era un punto a su favor. Ansiaba vida y movimiento, y Millcote era una gran ciudad industrial situada a orillas del A…; un lugar muy animado, sin duda. Tanto mejor, al menos supondría un cambio radical en mi vida. No es que me atrajera especialmente la idea de estar rodeada de altas chimeneas y nubes de humo, «pero —pensé—, lo más probable es que Thornfield se halle bastante lejos de la ciudad».


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