Jane Eyre
Jane Eyre Y, mientras ella rompÃa el sello y sacaba el documento, yo seguà tomando el café del desayuno. HacÃa calor, aunque atribuà esa circunstancia al ardiente y súbito arrebol que se apoderó de mis mejillas. Preferà no preguntarme cuál era la explicación del temblor de mi mano, que provocó que acabara derramando sobre el plato la mitad del contenido de la taza.
—Bien, a veces pienso que hay demasiada calma en esta casa, pero pronto tendremos la oportunidad de disfrutar de un poco de movimiento, al menos por un corto periodo de tiempo —dijo la señora Fairfax, sosteniendo aún la nota delante de sus gafas.
Antes de atreverme a averiguar algo más, anudé con fuerza el delantal de Adèle, que estaba algo flojo. Después de servirle a la niña otro bollo y un segundo tazón de leche, dije en tono indiferente:
—Supongo que el señor Rochester no estará pensando en volver tan pronto, ¿verdad?