Jane Eyre
Jane Eyre Fueron días felices en Thornfield, y también muy atareados. ¡Qué distintos de los primeros tres meses de quietud, monotonía y soledad que yo había sufrido bajo ese techo! Toda la tristeza parecía haberse desvanecido de la casa, y cualquier idea sombría había quedado relegada al olvido: se respiraba vida por todas partes, el bullicio era constante. No podías cruzar el corredor, antes tan silencioso, ni entrar en las habitaciones delanteras, antes tan desoladas, sin hallar en ellos a la doncella de una de las damas o al ayuda de cámara de algún caballero.
La actividad se extendía también a la cocina, a la despensa del mayordomo, a la sala del servicio y al vestíbulo; los salones quedaban vacíos únicamente cuando el azul del cielo y el brillante sol de primavera invitaban a sus ocupantes a disfrutar del aire libre. Ni siquiera un cambio de tiempo pudo acabar con la alegría de la casa; la lluvia incesante que cayó durante días solo consiguió avivar las distracciones de salón para compensar la imposibilidad de salir al exterior.
