Jane Eyre

Jane Eyre

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Si ella se hubiera alzado victoriosa y hubiera logrado que él cayera rendido a sus pies, yo me habría cubierto la cara, me habría girado hacia la pared y me habría enterrado en ella (en sentido figurado, naturalmente). Si la señorita Ingram hubiera sido una mujer buena y noble, provista de fuerza, fervor, amabilidad y sentido común, yo habría mantenido una lucha a muerte contra dos tigres: los celos y la desesperación. Después, con el corazón hecho pedazos, la habría admirado, habría reconocido sus virtudes y guardado silencio durante el resto de mis días. Cuanto más absoluta fuera su superioridad, más profunda habría sido mi admiración y más muda mi aquiescencia. Pero, en esos momentos, presenciar los esfuerzos de la señorita Ingram por seducir al señor Rochester, y ser testigo de sus repetidos fallos (que ella seguía cometiendo sin darse cuenta, movida por la vana presunción de que todos sus dardos daban en la diana cuando lo cierto era que su orgullo y vanidad repelían cada vez más a aquello que querían atraer) implicaba vivir bajo un nerviosismo constante y en un incesante estado de tensión.






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