Jane Eyre

Jane Eyre

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Una tarde en que estaba de talante más comunicativo de lo habitual me explicó que la conducta de John y la amenaza de ruina en la familia habían supuesto para ella un hondo motivo de preocupación; pero ahora, me dijo, ya había logrado tranquilizarse y tomar una decisión. Se había asegurado de poner a salvo su fortuna personal, así que cuando su madre muriera —ya que, señaló con absoluta calma, era improbable que se recuperara o viviera durante mucho más tiempo— llevaría a cabo un proyecto largo tiempo acariciado: retirarse a un lugar donde la existencia de unas costumbres estrictas la mantuvieran alejada del bullicio externo y donde pudiera vivir al margen de la frivolidad que imperaba en el mundo. Pregunté si Georgiana iría con ella.

Por supuesto que no. Georgiana y ella no tenían casi nada en común, nunca lo habían tenido. Eliza no pensaba soportar el peso de su compañía más de lo necesario: Georgiana debía emprender su propio camino, y ella, Eliza, haría lo propio.

Cuando Georgiana no se dedicaba a abrirme su corazón, solía pasar el rato tumbada en el sofá, quejándose del aburrimiento que se respiraba en aquella casa y expresando su deseo, una y otra vez, de que su tía Gibson la invitara a la ciudad.

—Sería mejor —decía— que abandonara la casa durante un par de meses, hasta que todo haya acabado.


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