Jane Eyre
Jane Eyre El señor Rochester me había concedido un permiso de una semana, pero hubo de transcurrir casi un mes antes de que pudiera abandonar Gateshead. Mi intención era partir inmediatamente después del funeral, pero Georgiana me pidió que me quedara hasta que ella emprendiera el viaje a Londres, donde había sido por fin invitada por su tío, el señor Gibson, quien había venido a ocuparse de las exequias de su hermana y a arreglar los asuntos de la familia. Georgiana me dijo que tenía miedo de permanecer a solas con Eliza, de la que no obtenía consuelo para sus desgracias, ánimo para sus momentos de angustia, ni ayuda en sus inminentes preparativos. Así que hice acopio de paciencia: toleré sus absurdas inquietudes y sus banales quejas tan bien como pude, y me dediqué a coser y embalar sus vestidos mientras ella permanecía ociosa. «Si tú y yo estuviéramos destinadas a vivir juntas, prima —pensaba yo—, las cosas empezarían a cambiar desde este momento. No iba a aceptar sin más el papel de criada: te asignaría los cometidos que te corresponden y te obligaría a cumplirlos, o de lo contrario quedarían sin hacer. Insistiría, también, en que te guardaras para ti la mayor parte de esas quejas tontas e imaginarias. Consiento en asumir una actitud tan amable contigo debido únicamente a que nuestra relación tiene una duración determinada y a que se produce en un momento especialmente delicado.»
