Jane Eyre
Jane Eyre El mes de noviazgo llegaba a su fin: estábamos en las últimas horas. Se acercaba el día de la boda y se habían realizado ya todos los preparativos. Al menos, yo lo tenía todo listo: mis baúles estaban llenos, cerrados, atados y alineados formando un ordenado grupo apoyado contra la pared de mi pequeña estancia. Mañana a estas horas, Dios mediante, estarían de camino a Londres, al igual que yo. Bueno, no yo: una tal Jane Rochester a quien aún no conocía. Lo único que faltaba era enganchar en ellos las etiquetas con mi nombre. Las cuatro estaban en el cajón; el propio señor Rochester las había rellenado: «Señora Rochester, hotel…». Sin embargo, yo no me atrevía a utilizarlas. ¡La señora Rochester! No era alguien real: no nacería hasta el día siguiente, sobre las ocho de la mañana, y estaba decidida a esperar que hubiera visto la luz antes de asignarle ninguna propiedad. Ya era suficiente con que el armario que había junto al tocador estuviera lleno de unos vestidos propiedad de esa señora Rochester, y que habían substituido a mi austero traje de Lowood y al sombrero de paja. Porque no era a mí a quien pertenecía aquel vestido de novia de color gris perla, ni el velo vaporoso colgado de la percha. Cerré el armario para perder de vista su extraño y lujoso contenido que a esas horas confería un aspecto fantasmagórico a las sombras de la estancia. «Voy a dejarte solo, sueño blanco —dije—. Me inquietas: oigo el bramido del viento. Quiero salir al exterior y sentir su fuerza.»
