Jane Eyre
Jane Eyre Sophie vino a vestirme a las siete en punto, pero tardó mucho en hacerlo, tanto que el señor Rochester, impaciente ante mi retraso, hizo que alguien subiera a preguntar el motivo de mi tardanza. En ese momento, se disponÃa a sujetar el velo con un broche (al final, el sencillo adorno de percal) sobre mis cabellos. Me zafé de sus manos tan pronto como pude.
—¡Deténgase! —gritó en francés—. MÃrese al espejo, aún no se ha visto ni una vez.
Me volvà hacia la puerta: el cristal me devolvió la imagen de una figura ricamente ataviada y cubierta con un velo, tan distinta de la habitual que apenas pude reconocerme. «¡Jane!», gritó una voz desde abajo, y yo corrà hacia su propietario. A los pies de la escalera me esperaba el señor Rochester.
—¿Quieres volverme loco? —dijo—. ¡El cerebro me arde de impaciencia, y tú tardas horas en bajar!
Me acompañó al comedor, sin dejar de repasarme con los ojos. Su veredicto fue que «era bella como un lirio, alguien de quien podÃa a la vez sentirse orgulloso y desear con todo su cuerpo», y luego, tras informarme de que solo pensaba concederme diez minutos para el desayuno, hizo sonar el timbre. Uno de los criados que habÃa entrado recientemente en la casa, un lacayo, acudió a la llamada.
—¿John tiene listo el carruaje?
—SÃ, señor.
