Jane Eyre

Jane Eyre

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»Y esa fue mi opción. Desde ese mismo momento, mi vida cambió: los grilletes que encadenaban mis facultades se abrieron y cayeron al suelo, dejando una profunda marca que solo el tiempo puede curar. Mi padre se opuso, por supuesto, pero ahora que ha muerto no existe ningún obstáculo legítimo que me impida llevar a cabo mis deseos. Una vez haya arreglado unos cuantos asuntos, obtenga un sucesor para la parroquia de Morton y deshaga o corte un par de lazos sentimentales (un último conflicto con la debilidad humana que estoy seguro de poder superar, porque me he propuesto hacerlo), abandonaré Europa para irme a Oriente.

Dijo todo esto en aquel tono de voz que le era propio, controlado y a la vez enfático. No me miraba a mí, sino al sol poniente. Yo también posé los ojos en él, de forma que ambos dábamos la espalda al sendero que surcaba los campos hasta la verja de mi casa. No oímos el menor ruido: el agua que discurría por el valle era el único arrullo de toda la escena. Por eso, casi nos asustamos al oír una voz, argentina como una campana de plata, que exclamaba:

—Buenas tardes, señor Rivers. Y hola a ti también, viejo Carlo. Este perro es más rápido que su amo a la hora de reconocer a sus amigos: levantó las orejas y sacudió el rabo cuando yo estaba aún al fondo del campo, y en cambio usted sigue dándome la espalda ahora que ya estoy aquí.


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