Jane Eyre
Jane Eyre Él se habÃa apartado de la puerta y yo me interpuse entre su persona y la salida. ParecÃa muy violento.
—¡No pienso dejarle marchar hasta que me lo haya contado todo!
—PreferirÃa no hacerlo en este momento.
—¡Por supuesto que sÃ! ¡Debe hacerlo!
—Será mejor que la informen Mary o Diana.
Lógicamente, esas excusas llevaron mi ansiedad al clÃmax: debÃa ser satisfecha cuanto antes. Se lo dije.
—Yo ya le advertà que soy un hombre duro, difÃcil de convencer.
—Pues tiene delante a una mujer tenaz, a la que resulta imposible ignorar.
—Además —prosiguió—, soy frÃo: inmune a cualquier pasión.
—Mientras que yo soy una pura llama, capaz de fundir el hielo más resistente. El calor de la lumbre ha convertido la nieve de su capa en un rÃo de agua que corre por el suelo de mi casa, dejándolo sucio como el de una calle transitada. Si pretende que le perdone la inexcusable falta de estropearme un suelo limpio, dÃgame lo que deseo saber.