Jane Eyre

Jane Eyre

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Supongo, lector, que no te habrás olvidado de la pequeña Adèle, ¿verdad? Yo no lo hice: no tardé en obtener el permiso del señor Rochester para visitarla al colegio donde él la había enviado. Su alegría al verme me conmovió. Tenía mal aspecto: estaba pálida y delgada. Obviamente, no era feliz allí. Las normas de la escuela me parecieron demasiado rígidas y el temario demasiado duro para una niña de su edad, así que me la llevé a casa conmigo. Mi intención era volver a ser su institutriz, pero esto resultó impracticable: mi tiempo y mis cuidados ya tenían dueño. Mi marido me necesitaba a su lado a todas horas. Opté entonces por buscar una escuela regida por un sistema mucho más indulgente y lo bastante cerca como para poder visitarla a menudo, o incluso traerla a casa de vez en cuando. Me ocupé de que no le faltara de nada, y ella, por su parte, no tardó en adaptarse a su nueva vida: ganó en alegría y realizó grandes progresos. A medida que crecía, los sólidos principios de la educación inglesa fueron corrigiendo los defectos de su naturaleza. Cuando acabó la escuela encontré en ella a una compañera agradable y bien educada, dócil y sensata. La atención que ha mostrado hacia mí y hacia los míos ha compensado con creces cualquier bondad que pudiera yo haber tenido con ella.

Mi relato se acerca a su fin. Tan solo me queda hacer un repaso a mi vida de mujer casada y a las de aquellos que han aparecido en el curso de mi historia.


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