Jane Eyre
Jane Eyre El señor Rochester siguió ciego durante los dos primeros años de nuestra unión. Tal vez esa circunstancia contribuyó a unirnos y a estrechar tanto nuestros lazos, porque en esos días yo fui su visión, de la misma forma que aún soy su mano derecha. Era, literalmente (como él repetía a menudo) la niña de sus ojos. A través de mí observaba la naturaleza y leía libros. Yo nunca me cansé de mirar por él, de explicarle cómo era un prado, un árbol, una ciudad, un río, una nube o un rayo de sol; de describirle un paisaje o el color del cielo, hasta lograr que mis palabras dibujaran en sus oídos la imagen que sus ojos no podían ver. Nunca me cansé de leer para él, ni de guiar sus pasos, ni de cumplir sus deseos. Y sentía placer al hacerlo, un placer que, pese a la tristeza, era pleno y exquisito. No había vergüenza ni humillación en sus peticiones. Me amaba tan sinceramente que no tenía escrúpulos en aprovecharse de mi ayuda: sabía que para mí no había satisfacción mayor que expresar mi amor haciendo realidad sus más nimios deseos.
Una mañana, dos años después de la boda, yo estaba escribiendo una carta que él me dictaba cuando, de repente, se inclinó hacia mí y me dijo:
—Jane, ¿llevas un adorno brillante alrededor del cuello?
Yo llevaba una cadena de oro de la que colgaba un pequeño reloj, y por tanto respondí afirmativamente.