Jane Eyre
Jane Eyre Saint John no se ha casado y ya no lo hará. Hasta el momento se ha bastado solo para sobrevivir a los combates de una guerra que se acerca a su fin. El glorioso sol que le ha iluminado se pone ya en el horizonte. La última carta que recibí de él me hizo saltar las lágrimas y llenó mi corazón de un gozo divino: en ella me anticipaba la recompensa que está seguro de obtener, la corona eterna. Sé que un extraño se encargará de escribirme su siguiente carta y que en ella me dirá que ese bondadoso y fiel sirviente ha sido llamado por fin a disfrutar de la presencia de su Señor. ¿Y por qué llorar? Ningún temor a la muerte empañará la última hora de Saint John: su mente estará clara, su corazón impasible, sus esperanzas firmes, y su fe inconmovible. Sus propias palabras lo indican así: «Mi Señor —dice—, ya me ha advertido. La inminencia de su llegada es cada día más evidente. Le oigo decir: “¡Pronto vendré a buscarte!”. Y yo le repito, cada hora con mayor fervor: “Así sea. ¡Aquí te espero, Jesús, mi Señor!”».