Shirley

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Apenas se hallaba bajo tierra la señora Helstone cuando en los contornos empezaron a correr rumores de que había muerto con el corazón partido; éstos se magnificaron rápidamente hasta convertirse en afirmaciones sobre un trato improcedente por parte del marido y, finalmente, en detalles sobre su ruda manera de tratarla; afirmaciones totalmente falsas, pero no por ello recibidas con menor avidez. El señor Yorke las oyó, las creyó en parte. Claro está que no sentía ya entonces simpatía alguna por el rival que le había vencido. Aunque él también se había casado y con una mujer que parecía opuesta a Mary Cave en todos los aspectos, no había olvidado la mayor decepción de su vida y, cuando se enteró de que lo que habría sido tan precioso para él, otro lo había descuidado, quizá maltratado, concibió hacia ese otro una profunda y amarga animadversión.

De la naturaleza y fuerza de esa animadversión, el señor Helstone sólo se apercibió a medias: ni sabía lo mucho que Yorke había amado a Mary Cave, lo que había sentido al perderla, ni conocía las calumnias que se propalaban sobre el modo en que la había tratado, familiares para todos en la zona menos para él. Creía que sólo las diferencias políticas y religiosas le separaban del señor Yorke; de haber sabido la verdad, difícilmente habrían podido persuadirle de que cruzara el umbral de la puerta de su antiguo rival.

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