Shirley
Shirley TÍO Y SOBRINA
La suerte estaba echada. Sir Philip Nunnely lo sabía; Shirley lo sabía; el señor Sympson lo sabía. Aquella noche, en la que toda la familia de Fieldhead cenó en Nunnely Priory, se produjo el desenlace.
Dos o tres cosas llevaron al baronet a decidirse. Había observado que la señorita Keeldar tenía una expresión pensativa y delicada. Esta nueva fase de su comportamiento despertó en él la vena poética o su lado más vulnerable: en su cerebro fermentaba un soneto espontáneo y, mientras aún seguía allí, una de sus hermanas convenció a su amada de que se sentara al piano y cantara una balada… una de las baladas del propio sir Philip. Era el menos artificioso, el menos amanerado, en comparación, el mejor de sus numerosos esfuerzos.
