Shirley

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CAPÍTULO XXXII

EL ADOLESCENTE Y LA NINFA DE LOS BOSQUES

El señor Yorke había llevado a su joven camarada a Briarmains, dado que estaban más cerca de allí que del Hollow. Había ordenado que lo acostaran en la mejor cama de la casa y con el mismo cuidado que si se tratara de uno de sus hijos. La visión de la sangre que brotaba de la herida infligida a traición en verdad convirtió a Moore en un hijo adoptado para el caballero de Yorkshire. El espectáculo de aquel súbito suceso, de la alta y erguida figura postrada en medio de la carretera en todo su orgullo, de la hermosa cabeza morena caída en el polvo, de aquel joven en la flor de la edad derribado de repente, pálido, inerte y desvalido, fue la combinación de circunstancias que despertó el vivísimo interés del señor Yorke por la víctima.

No había ninguna otra mano que lo alzara, que prestara su ayuda, ninguna otra voz que interrogara afectuosamente, ningún otro cerebro con el que acordar las medidas necesarias: tuvo que hacerlo todo él solo. El hecho de que el joven mudo y sangrante (joven lo consideraba él) dependiera por completo de su benevolencia fue lo más eficaz para garantizar esa benevolencia. Al señor Yorke le gustaba tener poder y servirse de él; en sus manos tenía ahora poder sobre la vida de uno de sus congéneres y eso le satisfacía.


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