Shirley
Shirley HOLLOW’S COTTAGE
Moore seguía de buen humor cuando se levantó a la mañana siguiente. Tanto él como Joe Scott habían pasado la noche en la fábrica, en los espacios que se habían habilitado para dormir en ambos extremos de la oficina de contabilidad. El patrón, siempre madrugador, se levantó incluso algo más pronto de lo habitual; despertó a su empleado cantando una canción francesa mientras se aseaba.
—¿No está deprimido entonces, señor? —exclamó Joe.
—Ni pizca, mon garçon, que quiere decir «muchacho». Levántate y daremos una vuelta por la fábrica antes de que lleguen los obreros y les explique mis planes futuros. Tendremos esas máquinas, Joseph. ¿No has oído hablar de Bruce?
—¿Y la araña[33]? Sí que he oído hablar de él. He leído la historia de Escocia y resulta que sé tanto como usted, y comprendo que quiere decir que perseverará.
—Lo haré.
—¿Tiene usted dinero en su país? —preguntó Joe, doblando su cama provisional para guardarla.
—¡En mi país! ¿Cuál es mi país?
—Pues Francia, ¿no?
