Shirley
Shirley A los dieciocho años no somos conscientes de estas cosas. Cuando nos sonríe la esperanza y nos promete la felicidad para el mañana, implícitamente le damos crédito; cuando el amor llega vagando como un ángel perdido hasta nuestra puerta, lo admitimos al punto, le damos la bienvenida, lo abrazamos: no vemos su temblor; si sus flechas nos atraviesan, su herida es como la sensación de una nueva vida: no tememos que lleven veneno, ni tememos las lengüetas que ninguna sanguijuela[60] pueda extraer: se cree que esa peligrosa pasión —una agonía incluso en alguna de sus fases; para muchos, una agonía de principio a fin— es un bien incalificable; en resumen, a los dieciocho años aún no se ha entrado en la escuela de la experiencia y todavía no se han estudiado sus lecciones humillantes, abrumadoras, opresivas y, sin embargo, purificadoras y estimulantes.
¡Ay, la experiencia! Ningún otro mentor tiene un rostro tan consumido y pétreo como el tuyo; ninguno lleva una toga tan negra, ni utiliza una vara tan pesada, ninguno atrae al novicio con mano tan inexorable y de forma tan severa hacia su tarea, ni le obliga con autoridad tan ineluctable a realizarla. Sólo gracias a tus instrucciones el hombre o la mujer llegan a encontrar un camino seguro a través de los desiertos de la vida; sin él, ¡cómo tropiezan, cómo van a la deriva! ¡En qué lugares prohibidos se adentran, por qué horribles pendientes los arrojan!