Shirley
Shirley SOLTERONAS
Transcurrió el tiempo y se asentó la primavera. El paisaje de Inglaterra empezaba a ser placentero: el verdor de sus campos, los arroyos de sus colinas, las flores de sus jardines; pero bajo esa superficie nada había mejorado: los pobres seguían en condiciones miserables; los que les daban empleo seguían acosados; el comercio, en algunas de sus ramas, parecía atenazado por una parálisis total, pues la guerra continuaba; se derramaba la sangre de Inglaterra y se derrochaban sus riquezas, y todo, al parecer, para alcanzar unos objetivos realmente insuficientes. Cierto es que de vez en cuando llegaban noticias de algún triunfo en la península Ibérica, pero se producían con lentitud; entre una novedad y otra existían largos intervalos en los que no se oía otra cosa que las insolentes felicitaciones que Bonaparte se dedicaba a sí mismo tras sus sucesivas victorias. Quienes sufrían las consecuencias de la guerra encontraban insoportable aquella lucha tediosa y desesperada —según ellos creían— contra lo que sus miedos o sus intereses señalaban como un poder invencible, y exigían la paz a cualquier precio; hombres como Yorke y Moore —y había miles a los que la guerra había colocado en la misma situación que a ellos, temblando al borde de la bancarrota— insistían en la paz con la energía de la desesperación.
