Shirley
Shirley —Lo que he dicho. Sé que hay ciertas naturalezas en el mundo, y muy nobles y elevadas son también, a las que jamás les llega el amor. Quizá tú hubieras buscado a Cowper con la intención de amarlo, y lo hubieras observado, compadecido y abandonado, obligada a alejarte de él por la sensación de imposibilidad, de incongruencia, como «la violenta ráfaga» alejó a la tripulación del camarada que se ahogaba.
—Puede que tengas razón. ¿Quién te ha dicho eso?
—Y lo que digo de Cowper, lo dirÃa también de Rousseau. ¿Fue amado? Él amó apasionadamente, pero ¿fue alguna vez correspondida esa pasión? Estoy segura de que no. Y si hubiera alguna Cowper o Rousseau femenina, afirmarÃa lo mismo de ellas.
—¿Quién te ha dicho eso, pregunto? ¿Fue Moore?
—¿Por qué habrÃa de decÃrmelo alguien? ¿No tengo yo instinto? ¿No puedo adivinar por analogÃa? Moore no me ha hablado jamás ni de Cowper ni de Rousseau ni de amor. La voz que oÃmos en soledad me ha dicho todo lo que sé sobre esos asuntos.
—¿Te gustan los personajes del tipo de Rousseau, Caroline?