Shirley

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Sucedía, empero, que el señor Helstone no albergaba la más mínima sospecha, pues, no estando por lo general más que vagamente informado de los movimientos de su sobrina, ni creyendo que valiera la pena seguirlos de cerca, no sabía que Caroline había pasado todo el día fuera y la suponía ocupada en una labor o un libro en su dormitorio, donde realmente estaba ahora, pero no absorta en la tranquila actividad que él le atribuía, sino de pie junto a la ventana con el corazón en vilo, asomándose con inquietud por detrás de la cortina, esperando que su tío volviera a entrar en la casa y que su primo pudiera escapar. Finalmente se vio complacida: oyó que el señor Helstone volvía a entrar y vio que Robert dejaba atrás las tumbas a grandes zancadas y saltaba el muro; entonces bajó para rezar. Cuando regresó a su dormitorio, fue para reunirse con el recuerdo de Robert. Mucho tiempo esquivó el sueño; mucho tiempo estuvo sentada junto a la celosía, mucho tiempo contempló el viejo jardín y la iglesia más vieja aún, y las tumbas grises y tranquilas y claras, desperdigadas a la luz de la luna. Siguió los pasos de la noche por su camino de estrellas hasta mucho después de la madrugada. Estuvo con Moore, en espíritu, durante todo el tiempo: estaba a su lado, oía su voz, tenía la mano en su mano, cálida entre sus dedos. Cuando el reloj de la iglesia daba las horas, cuando se oía cualquier otro sonido, cuando un ratoncito familiar en su dormitorio, un intruso para el que no permitiría jamás que Fanny colocara una ratonera, hacía tintinear sobre la mesa del tocador la cadena de su guardapelo, su único anillo y un par de dijes más, y mordisquear un trozo de galleta que había dejado allí para él, Caroline alzó la vista, devuelta momentáneamente a la realidad. Casi en voz alta, como desaprobando la acusación de alguien que, invisible e inaudible, la controlaba, dijo:


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