Shirley
Shirley El aula se llenaba: el señor Hall se había sentado junto a Caroline, la cual, mientras reordenaba tazas y cucharitas, comentó con él los acontecimientos del día en voz baja. El señor Hall parecía disgustado sobre lo ocurrido en Royd-lane, y ella intentó sacarlo de su seriedad y hacerle sonreír. La señorita Keeldar estaba sentada cerca de ellos y, por una vez, no hablaba ni reía; estaba, en cambio, muy callada, y miraba a un lado y a otro con aire vigilante: parecía temer que un intruso pudiera ocupar el asiento contiguo, que aparentemente quería reservar. De vez en cuando extendía su vestido de raso sobre una buena parte del banco, o dejaba en él los guantes o el pañuelo bordado. Caroline percibió al fin estos tejemanejes y quiso saber a qué amigo esperaba. Shirley se inclinó hacia ella, le tocó casi la oreja con los labios rosados y, con la suavidad musical que en ocasiones caracterizaba su tono, cuando lo que decía tendía siquiera remotamente a despertar una dulce y secreta fuente de emociones en su corazón, susurró:
—Espero al señor Moore. Lo vi anoche y le hice prometer que vendría acompañado de su hermana y se sentaría en nuestra mesa. No me decepcionará, estoy segura, pero temo que llegue demasiado tarde y no tenga sitio entre nosotras. Ahí llega un nuevo grupo; ocuparán todos los asientos. ¡Qué fastidio!