Shirley

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Apenas se habían perdido de vista los soldados, cuando una nueva perturbación, algo diferente de la primera, vino a alterar el sosiego nocturno: los berridos impacientes de un niño. Las dos jóvenes desviaron la vista hacia la iglesia y vieron salir a un hombre con un niño en brazos —un chico robusto y coloradote de unos dos años de edad— que berreaba con toda la fuerza de sus pulmones; seguramente acababa de despertarse de una cabezada; detrás aparecieron dos niñas de nueve y diez años. La influencia del aire fresco y la atracción de unas flores recogidas de una tumba pronto aquietaron al niño; el hombre se sentó con él y lo balanceó sobre la rodilla con tanta ternura como una mujer; las dos niñas se sentaron una a cada lado.

—Buenas tardes, William —dijo Shirley tras observar al hombre debidamente. Él la había visto antes y era evidente que esperaba a ser reconocido; se quitó entonces el sombrero y sonrió con deleite. Era un personaje de tosca cabeza y rudas facciones, con el rostro muy curtido, aunque no era viejo; su atuendo era decoroso y limpio; el de sus hijas especialmente pulcro; se trataba de nuestro viejo amigo, Farren. Las señoritas se acercaron a él.




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