Shirley
Shirley EL MAÑANA
Las dos muchachas no encontraron un alma viviente en su camino de vuelta a la rectoría. Entraron en ella sin hacer ruido y subieron la escalera sin ser oídas: el amanecer les procuró la luz que necesitaban. Shirley fue en busca de su cama inmediatamente y, aunque la habitación le era desconocida —pues nunca antes había dormido en la rectoría— y la escena reciente no tenía parangón con ninguna otra que hasta entonces le hubiera tocado en suerte presenciar, por la emoción y el terror experimentados, a pesar de todo, en cuanto apoyó la cabeza en el almohadón, un sueño profundo y reparador cerró sus ojos y apaciguó sus sentidos.
Una salud perfecta era el envidiable don de Shirley; si bien era cariñosa y comprensiva, no era nerviosa: las emociones intensas podían despertar y alterar su espíritu sin agotarlo; la tempestad la agitaba y trastornaba mientras duraba, pero no doblegaba su flexibilidad ni marchitaba su frescura. De igual modo que cada día suponía nuevas emociones y estímulos, cada noche le proporcionaba un descanso vigorizante. Caroline la contempló mientras dormía y leyó la serenidad de su espíritu en la belleza de su hermoso semblante.
